
Por: César Augusto Novoa Chávez
Economista – MAB (ESAN)
- El costo efectivo del crédito para el emprendedor peruano es hablar, en realidad, de cómo el país ha decidido —consciente o inconscientemente— financiar su propio desarrollo productivo.
En los últimos veinticinco años, el Perú ha construido una de las historias de estabilidad macroeconómica más consistentes de la región con inflación controlada, disciplina fiscal y un sistema financiero resiliente.
Sin embargo, cuando el análisis se traslada del promedio macro a la realidad cotidiana del emprendedor, emerge una verdad incómoda pero necesaria el crédito productivo sigue siendo caro para quien más lo necesita.
- Desde comienzos de los años 2000 hasta la actualidad, las tasas de interés de referencia y el costo del financiamiento corporativo han mostrado una tendencia descendente, alcanzando mínimos históricos en determinados ciclos, especialmente entre 2018 y 2021.
- No obstante, esta mejora no se ha trasladado de manera proporcional al segmento emprendedor, en particular a la micro y pequeña empresa. En términos técnicos, la Tasa de Costo Efectivo Anual (TCEA) para este segmento ha oscilado, en los mejores escenarios, entre rangos del 20–25 %, mientras que en los extremos ha superado con holgura el 50–60 % anual.
Esta brecha no es accidental ni coyuntural. Desde una lectura de nivel doctoral, responde a factores estructurales profundamente arraigados asimetrías de información persistentes, altos costos operativos de evaluación y seguimiento, informalidad económica, limitada trazabilidad de ingresos y una transmisión incompleta de la política monetaria hacia los segmentos productivos de menor escala.
- En otras palabras, el costo del crédito actúa como un reflejo institucional del riesgo que el sistema aún no sabe —o no puede— gestionar mejor.
- Sin embargo, sería un error reducir el análisis a una narrativa de déficit. El Perú de hoy no es el Perú financiero de los años noventa.
El desarrollo del sistema microfinanciero, el fortalecimiento del marco regulatorio, la expansión del crédito en moneda nacional y la creciente transparencia en la información de tasas han permitido reducir la volatilidad extrema y dotar al emprendedor de un entorno más predecible. La estabilidad alcanzada es un activo estratégico que no debe subestimarse.
La pregunta clave ya no es por qué el crédito sigue siendo caro, sino qué oportunidades existen para transformarlo. Cada punto porcentual de TCEA encierra una señal debilidad institucional no resuelta o una innovación pendiente.
- En este sentido, el avance de la digitalización financiera, el uso de datos alternativos, los modelos de scoring dinámico, la interoperabilidad de pagos y el crecimiento de las fintech abren una ventana histórica para redefinir el costo del crédito sin comprometer la solvencia del sistema.
- Desde una perspectiva estratégica, el enfoque de política pública y de mercado debe evolucionar. No se trata de imponer controles de tasas —históricamente ineficientes—, sino de reducir estructuralmente el riesgo productivo.
- Mecanismos como garantías parciales bien diseñadas, financiamiento por cadenas de valor, instrumentos híbridos entre crédito e inversión y una integración real entre formalización, productividad y acceso financiero representan oportunidades concretas de mejora.
La evolución del costo efectivo del crédito para el emprendedor en el Perú revela una paradoja fértil un país macroeconómicamente sólido que aún enfrenta retos microeconómicos relevantes.Esta tensión no debe leerse como una falla, sino como una oportunidad estratégica de segunda generación. Reducir el costo del crédito emprendedor no es solo un objetivo financiero, es una decisión de desarrollo. El futuro del emprendimiento peruano dependerá menos de tasas nominales y más de la capacidad del sistema para convertir información en confianza, riesgo en oportunidad y crédito en crecimiento sostenible.