
Artículo publicado en la edición 247 de la revista Microfinanzas
https://statuscomunicaciones.pe/microfinanzas/M247.pdf
“(…) la inclusión financiera debe pasar de una lógica de cobertura a una lógica de calidad. Ya no basta preguntar cuántas personas entraron al sistema. Hay que preguntar cuántas usan el sistema con seguridad, cuántas mejoran su capacidad de ahorro, cuántas reducen costos de transacción, cuántas estabilizan ingresos, cuántas acceden a crédito progresivo y cuántas pueden reclamar de manera efectiva cuando algo falla”
- Durante años, la inclusión financiera se midió con una pregunta relativamente simple: ¿la persona accedió o no accedió al sistema financiero? Esa pregunta fue necesaria, pero ya quedó corta. Hoy, el verdadero debate no es solo si una persona tiene una cuenta, una billetera digital o un crédito. La pregunta de fondo es si ese producto le permite tomar mejores decisiones, sostener su negocio, reducir riesgos y construir una relación financiera sana.
- El avance global es indiscutible; el Banco Mundial reporta que el 79% de adultos en el mundo ya tiene una cuenta financiera. Ese dato cambia la conversación: La frontera de la inclusión ya no está únicamente en el acceso, sino en el uso, la calidad, la seguridad y el impacto real que los servicios financieros generan en la vida económica de las personas.
- En el Perú, la digitalización también se aceleró; en este sentido, la SBS informó que, al 2025, el 67% de adultos mantenía una cuenta o billetera digital; además, nueve de cada diez usuarios de servicios financieros digitales utilizaba billetera digital y alrededor de tres cuartas partes la usaba diariamente. Solo en diciembre de 2025 se registraron 1,255 millones de operaciones mediante billeteras digitales y aplicativos móviles
- Es una cifra poderosa, pero no debe llevarnos a una lectura romántica, más transacciones digitales no significan automáticamente más bienestar financiero. Significan más datos, más trazabilidad, más velocidad y más oportunidades; pero también más exposición a fraude, suplantación, errores operativos, decisiones automatizadas, endeudamiento impulsivo y reclamos mal atendidos.
La inclusión financiera ya no puede medirse solo por acceso
- La cuenta es la puerta de entrada, no el resultado final. Un usuario puede tener una billetera digital y seguir sin entender costos, condiciones, riesgos de seguridad o criterios de evaluación crediticia. Un pequeño comercio puede aceptar pagos digitales y, aun así, no contar con financiamiento adecuado para crecer. Una emprendedora puede tener buen comportamiento de pago y continuar recibiendo montos menores por falta de historial formal, garantías o metodologías de evaluación más sensibles a su realidad económica.
- Por eso, la inclusión financiera debe pasar de una lógica de cobertura a una lógica de calidad. Ya no basta preguntar cuántas personas entraron al sistema. Hay que preguntar cuántas usan el sistema con seguridad, cuántas mejoran su capacidad de ahorro, cuántas reducen costos de transacción, cuántas estabilizan ingresos, cuántas acceden a crédito progresivo y cuántas pueden reclamar de manera efectiva cuando algo falla.
- La propia SBS ha advertido que, pese al avance digital, persisten conductas de riesgo. En su estudio sobre servicios financieros digitales, identificó que el 44% de usuarios guarda contraseñas en sus dispositivos y que el 27% accede a redes Wi-Fi públicas para realizar operaciones financieras. La digitalización no puede crecer separada de la educación financiera, la ciberseguridad, la conducta de mercado y la protección del consumidor.
El crédito no es inclusión si solo traslada el riesgo
- En microfinanzas existe una tentación peligrosa: confundir desembolso con desarrollo. Colocar rápido puede mejorar indicadores comerciales de corto plazo, pero un crédito mal diseñado puede convertirse en exclusión diferida. Si el producto no calza con el flujo del negocio, si la cuota no conversa con la estacionalidad de ingresos, si el usuario no entiende el costo total o si no existe una ruta clara ante dificultades de pago, no estamos frente a inclusión financiera responsable.
- Financiar bien exige mirar más allá de la aprobación. Requiere evaluar capacidad de pago, destino del crédito, comportamiento transaccional, resiliencia ante shocks, transparencia contractual y mecanismos de acompañamiento. También exige que las entidades puedan responder una pregunta incómoda: ¿este producto mejora la posición económica del cliente o solo captura su necesidad urgente de liquidez?
- Esa diferencia será cada vez más importante para inversionistas, fintech, cooperativas, cajas, bancos y entidades especializadas. El mercado ya no premiará únicamente el crecimiento de cartera. También exigirá calidad de cartera, gobierno de datos, prevención de sobreendeudamiento, controles antifraude, atención de reclamos y evidencia de impacto.
Los pagos digitales son infraestructura de crédito
- Uno de los cambios más relevantes para las microfinanzas es que los pagos digitales están dejando de ser solo un canal transaccional. Bien utilizados, pueden convertirse en infraestructura de información para evaluar mejor a pequeños negocios, reducir asimetrías y construir historial económico donde antes solo había informalidad o registros dispersos.
- Cada venta digital, cada cobro con tarjeta, cada transferencia, cada patrón de recurrencia y cada flujo de caja puede aportar señales útiles. Pero esas señales deben usarse con criterios de transparencia, proporcionalidad y responsabilidad. El dato no es neutral si el usuario no sabe cómo se interpreta, si no puede corregir errores, si no entiende por qué se le aprueba o rechaza un crédito, o si el modelo castiga actividades económicas que no encajan en patrones tradicionales.
- El potencial es enorme: pasar de créditos basados solo en papeles, garantías o intuición comercial a productos que lean el movimiento real del negocio. Pero la oportunidad también trae una obligación: construir modelos explicables, auditables y coherentes con la protección del consumidor financiero. La tecnología puede democratizar el crédito, pero también puede sofisticar la exclusión si no se gobierna adecuadamente.
La agenda de género no es un discurso: Es gestión de riesgo
- La evidencia disponible obliga a tomar en serio la inclusión financiera de las mujeres. El Ministerio de Economía y Finanzas reportó que, a diciembre de 2024, las mujeres registraron una tasa de morosidad de 3.9%, frente a 4.5% en los hombres. Sin embargo, el mismo reporte advierte brechas relevantes en los montos promedio de crédito, asociadas a barreras estructurales como informalidad, menor historial crediticio, menor educación financiera y actividades económicas de menor escala
- El MEF también señaló que, en 2024, la brecha en el monto promedio de crédito entre hombres y mujeres alcanzó 29%, con S/ 32 mil en hombres frente a S/ 22.7 mil en mujeres. El dato es relevante porque muestra una contradicción: un segmento con mejor comportamiento crediticio agregado puede seguir recibiendo menor financiamiento o financiamiento insuficiente para escalar.
- Si las mujeres pagan mejor, pero acceden a menos crédito o a montos más bajos, el problema no está solo en la demanda.
- También está en el diseño de productos, en la metodología de evaluación, en el entendimiento del riesgo y en la capacidad del sistema para reconocer trayectorias económicas no tradicionales.
- La inclusión financiera con enfoque de género no debe reducirse a campañas de comunicación: debe entrar al modelo de negocio, al scoring, al acompañamiento, al canal de atención y a la medición de impacto.
La inversión de impacto exige algo más que buenas intenciones
- La inversión de impacto ha elevado la vara. Hoy no basta decir que se financia a poblaciones vulnerables o que se atiende a pequeños negocios. Hay que demostrar adicionalidad, sostenibilidad, calidad del servicio, gobierno interno y resultados verificables. Hay que concentrar enfoque en inclusión financiera, destacando la importancia de fortalecer gobernanza, gestión interna, desempeño social, atendiendo las verdaderas necesidades de los clientes.
- Esa mirada es clave para América Latina. El financiamiento responsable no puede analizarse separado de productividad, empleo, resiliencia climática, género, educación financiera, canales digitales y protección del consumidor. En un contexto de mayor incertidumbre económica, climática y tecnológica, la inclusión financiera debe ser capaz de responder no solo a la necesidad de crédito, sino también a la necesidad de estabilidad.
- El pequeño negocio no necesita únicamente dinero. Necesita vender mejor, cobrar mejor, ordenar su flujo, separar finanzas personales y empresariales, protegerse del fraude, acceder a seguros pertinentes, construir historial y financiarse sin comprometer su supervivencia. Esa es la diferencia entre prestar y desarrollar mercado.
El nuevo estándar: Inclusión financiera verificable
El siguiente estándar para microfinanzas, fintech y entidades financieras debe ser la inclusión financiera verificable. Es decir, una inclusión que pueda demostrar resultados, no solo cobertura. Para avanzar hacia ese estándar, propongo cinco pruebas mínimas
- Primero, prueba de utilidad: el producto debe resolver una necesidad real del usuario y no solo empujar una venta financiera.
- Segundo, prueba de comprensión: el cliente debe entender costos, condiciones, riesgos y consecuencias de incumplimiento.
- Tercero, prueba de sostenibilidad: el financiamiento debe ser razonable frente al flujo de caja y la capacidad de pago.
- Cuarto, prueba de protección: deben existir controles frente a fraude, errores, malas prácticas y reclamos no atendidos.
- Quinto, prueba de impacto: la entidad debe medir si el producto mejora ingresos, estabilidad, formalización, resiliencia o acceso progresivo a mejores condiciones.
Estas pruebas no son un lujo regulatorio. Son una condición de competitividad. La entidad que no pueda demostrar calidad de producto, gobierno de datos y gestión responsable del riesgo quedará expuesta a pérdida reputacional, deterioro de cartera, sanciones, reclamos masivos y desconfianza del usuario. La que sí pueda hacerlo tendrá una ventaja real: crecer con legitimidad.
1. Regulación inteligente: Ni freno ni cheque en blanco
- La regulación también debe evolucionar. Sobrerregular puede frenar innovación, encarecer servicios y excluir a los mismos usuarios que se busca proteger. Pero dejar que la innovación avance sin estándares mínimos puede trasladar riesgos excesivos al consumidor y al sistema.
- El punto de equilibrio está en una supervisión proporcional, basada en riesgos, con reglas claras sobre transparencia, seguridad digital, tratamiento de datos, prevención de sobreendeudamiento y conducta de mercado.
- El futuro de las microfinanzas no será puramente analógico ni puramente digital. Será híbrido. Combinará conocimiento territorial, tecnología, datos transaccionales, análisis de riesgo, educación financiera y supervisión inteligente.
- Las entidades que sepan integrar esos elementos podrán crecer sin sacrificar confianza. Las que solo digitalicen procesos antiguos probablemente repetirán los mismos problemas con mayor velocidad.
Conclusión
- La inclusión financiera no se consuma cuando una persona abre una cuenta. Se prueba cuando esa cuenta, ese pago o ese crédito le permite tomar mejores decisiones, sostener su negocio, protegerse de riesgos y construir una trayectoria económica más sólida.
- Ese es el desafío central para la nueva etapa de las microfinanzas: Financiar con datos, pero también con criterio; innovar con velocidad, pero también con responsabilidad; crecer con rentabilidad, pero también con legitimidad.
- No basta con incluir. Hay que financiar bien. El futuro de las microfinanzas será de quienes puedan unir negocio, regulación, datos e impacto medible.