
- Artículo publicado en la edición 243 de la revista Microfinanzas
https://statuscomunicaciones.pe/microfinanzas/M243.pdf
- Mientras los hombres dedican 40 horas semanales al trabajo remunerado, las mujeres apenas superan las 23. El resto de su jornada se consume en labores domésticas y de cuidado no pagadas, una brecha que, según el INEI, explica la disparidad salarial, la alta informalidad femenina (73,3%) y la vulnerabilidad de 7 de cada 10 trabajadoras sin pensión futura.
- A sus 38 años, Rosa es el reflejo de miles de mujeres peruanas. Durante la semana, trabaja más de 8 horas al día en una microempresa de servicios en Lima. Al llegar a casa, su jornada continua: dedica casi 4 horas adicionales a la preparación de alimentos, la limpieza y el cuidado de sus hijos. Su esposo, en cambio, aporta menos de 2 horas a estas tareas. Esta historia, extraída de los microdatos de la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT) 2024, no es un caso aislado, sino la regla que estructura la economía del país.
- Los recientes informes del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) —la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo 2024 y Perú: Brechas de Género, 2025— dibujan el panorama de una economía donde la mitad de la población enfrenta una carga laboral total significativamente mayor que la otra, un desequilibrio que frena el crecimiento, la formalización y la productividad nacional.
Las mujeres trabajan más, ganan menos
- El concepto de “carga global de trabajo”, que suma las horas de trabajo remunerado y no remunerado, revela la primera gran distorsión del mercado laboral peruano. Según la ENUT 2024, las mujeres dedican en promedio 58 horas con 5 minutos a la semana al trabajo total, superando las 52 horas con 59 minutos de los hombres. La brecha se amplía los fines de semana: ellas trabajan 58 minutos más que ellos entre sábado y domingo.
- Este desequilibrio no es homogéneo en todo el territorio. En las zonas rurales, la situación es aún más crítica: las mujeres alcanzan una carga total de 61 horas con 33 minutos semanales, muy por encima de las 53 horas con 39 minutos de los hombres rurales, evidenciando que la falta de servicios y la persistencia de roles tradicionales profundizan la desigualdad.
- El análisis por grupo de edad muestra que la brecha es especialmente pronunciada durante los años productivos centrales. Entre los 30 y 49 años, cuando las responsabilidades laborales y familiares alcanzan su punto máximo, las mujeres dedican 72 horas con 54 minutos a la semana al trabajo total, frente a las 68 horas con 13 minutos de los hombres.
Esta diferencia de casi cinco horas semanales representa una desventaja acumulativa enorme a lo largo de la carrera profesional de una mujer, limitando sus posibilidades de ascenso, capacitación o simplemente descanso.
En cambio, en el grupo de adolescentes de 12 a 17 años, la brecha ya es evidente: ellas dedican 18 horas con 38 minutos, mientras ellos solo 15 horas con 42 minutos, lo que indica que la asignación de tareas domésticas comienza a edades muy tempranas y condiciona el futuro educativo y laboral de las niñas.
Este “impuesto al tiempo” tiene consecuencias directas en los ingresos. Mientras los hombres destinan 40 horas semanales al trabajo remunerado, las mujeres apenas superan las 23 horas y 46 minutos.
El resultado, como confirma el informe Brechas de Género 2025, es que el ingreso promedio mensual de las mujeres (S/ 1,494) representa apenas el 76% del de los hombres (S/ 1,965). Una brecha de casi 500 soles que se explica, en gran medida, por la imposibilidad de las mujeres de dedicar más horas al mercado por sus responsabilidades de cuidado no remunerado.
Esta desigualdad salarial persiste a pesar de que, en términos educativos, las mujeres jóvenes están ahora mejor preparadas que sus pares masculinos, lo que sugiere que el problema no es de capital humano, sino de estructura económica y social que no reconoce ni redistribuye el trabajo de cuidados.
- Al observar los datos por estado conyugal, la carga sobre las mujeres en unión (casadas o convivientes) es abrumadora: dedican 67 horas con 43 minutos semanales al trabajo total, de las cuales 43 horas con 20 minutos corresponden a trabajo doméstico no remunerado. En contraste, los hombres en unión dedican 63 horas con 56 minutos al trabajo total, pero solo 13 horas con 53 minutos a labores no remuneradas
- Esta asimetría configura un modelo de familia donde el hombre puede volcarse casi por completo al mercado laboral mientras la mujer sostiene la reproducción social, un esquema que, aunque funcional para las empresas, es profundamente ineficiente para la economía en su conjunto al desperdiciar el talento y la energía de la mitad de la población.
- Finalmente, el análisis por nivel educativo revela que incluso las mujeres con educación superior universitaria, que deberían tener mayores herramientas para negociar una distribución equitativa de las tareas, siguen enfrentando una carga desproporcionada. Ellas dedican 56 horas con 44 minutos al trabajo total, frente a 51 horas con 17 minutos de los hombres del mismo nivel. La brecha en el trabajo no remunerado es de más de 12 horas a la semana.
Esto demuestra que la educación, por sí sola, no es suficiente para cerrar la brecha si no viene acompañada de cambios culturales y políticas públicas, como el acceso a servicios de cuidado infantil y de adultos mayores, que permitan una verdadera corresponsabilidad.
El techo de la informalidad
- La sobrerrepresentación femenina en el trabajo no remunerado empuja a las mujeres hacia los segmentos más precarios del mercado. El 40.4% de las mujeres ocupadas son trabajadoras independientes o cuenta propia, y un alarmante 13.1% son trabajadoras familiares no remuneradas, un ejército de apoyo invisible que sostiene los pequeños negocios familiares sin percibir un ingreso propio.
- Esta categoría ocupacional es una trampa de pobreza y dependencia económica, ya que, al no generar ingresos directos, las mujeres quedan excluidas de cualquier mecanismo de protección social y su contribución al negocio familiar es sistemáticamente invisibilizada en las cuentas nacionales, a pesar de ser esencial para su funcionamiento.
- El informe Brechas de Género 2025 detalla que la precariedad se concentra en las microempresas. El 69.2% de las mujeres ocupadas labora en unidades económicas de 1 a 5 trabajadores, un sector caracterizado por la informalidad, la baja productividad y la ausencia de beneficios laborales.
- Esta sobrerrepresentación no es casual: la necesidad de compatibilizar el trabajo remunerado con las responsabilidades de cuidado lleva a muchas mujeres a optar por empleos de menor exigencia y horarios flexibles, que suelen encontrarse en la informalidad. Esta elección, aunque racional a nivel individual, tiene un costo agregado enorme para la economía al perpetuar un tejido empresarial de baja productividad.
- La exclusión del sistema de protección social es la consecuencia más grave de esta informalidad. En 2024, solo el 34.1% de las mujeres ocupadas estaba afiliada a algún sistema de pensiones, frente al 46.6% de los hombres. En el ámbito rural, la situación es crítica: apenas el 7.1% de las mujeres que trabajan cuenta con una pensión futura.
Esta brecha de 12.5 puntos porcentuales en la contribución previsional significa que millones de mujeres peruanas llegarán a la vejez sin ingresos propios, dependiendo de sus familias o de programas sociales como Pensión 65, lo que transferirá el costo de su cuidado nuevamente al Estado y a las familias, perpetuando el círculo de la pobreza en la vejez.
- El acceso al sistema financiero formal, un indicador clave de inclusión económica, también refleja esta precariedad. Aunque la brecha se ha reducido, en 2024 el 55.9% de las mujeres participaba en el sistema financiero, frente al 58.9% de los hombres. Las mujeres dependen más de cuentas de ahorro sin plan de datos y tienen menos acceso a créditos formales.
- En el sector agropecuario, la situación es aún más grave: las mujeres productoras, que representan el 31.5% del total, tienen un acceso al crédito (6.1%) muy inferior al de los hombres (10.5%), lo que limita su capacidad de invertir en tecnología, mejorar la productividad de sus parcelas y salir de la agricultura de subsistencia.
- “El trabajo doméstico no remunerado es esencial para la economía y los hogares, pero ha sido históricamente invisibilizado”, señala el documento de la ENUT, advirtiendo que esta falta de reconocimiento impide el acceso a derechos laborales básicos y a herramientas de desarrollo productivo.
El desempleo golpea más fuerte a las mujeres jóvenes
- La dificultad para compatibilizar la vida laboral con las responsabilidades del hogar también se refleja en las tasas de desempleo. En 2024, el 6.6% de las mujeres que buscaban activamente un empleo no lo consiguieron, una tasa superior al 4.7% de los hombres.
- Esta brecha de casi 2 puntos porcentuales es persistente en el tiempo y revela que el mercado laboral no está diseñado para absorber a una fuerza de trabajo femenina que, a menudo, requiere horarios compatibles con las tareas de cuidado o enfrenta interrupciones en su trayectoria laboral debido a la maternidad.
El desempleo femenino es, en muchos casos, un desempleo de exclusión: mujeres que quieren trabajar, pero no encuentran opciones que se ajusten a sus necesidades.
- La situación es especialmente crítica entre las jóvenes de 14 a 24 años, donde el desempleo femenino alcanza el 12.9%, frente al 10.3% de los varones del mismo grupo etario. Muchas de ellas, al no encontrar oportunidades, engrosan las filas de la Población Económicamente No Activa (No PEA) dedicada a los quehaceres del hogar.
- El informe Brechas de Género muestra que el 64.5% de la No PEA son mujeres. De ellas, el 56.7% se dedica exclusivamente a quehaceres del hogar, un porcentaje que contrasta fuertemente con el 18.6% de los hombres en la misma situación.
- Esta “inactividad” femenina es, en realidad, una forma de trabajo no remunerado que el mercado no contabiliza pero que es fundamental para el sostenimiento de la sociedad. Para las jóvenes, quedar atrapadas en esta categoría desde temprana edad supone una pérdida irreversible de capital humano y oportunidades de desarrollo.
- El análisis por lengua materna añade otra capa de desigualdad. La tasa de desempleo de las mujeres que tienen el castellano como lengua materna es del 7.2%, más del doble que la de las mujeres con lengua nativa (3.6%).
- Sin embargo, esta aparente ventaja es engañosa, ya que las mujeres de lenguas nativas tienen una tasa de participación en la actividad económica mucho mayor (68.9%) que las hispanohablantes, pero lo hacen en condiciones de mayor informalidad y en actividades de subsistencia. Su bajo desempleo refleja la necesidad de aceptar cualquier trabajo para sobrevivir, no una mejor situación laboral.
- Al observar los datos por autoidentificación étnica, el desempleo golpea más a las mujeres que se autoidentifican como blancas (7.2%) y mestizas (7.2%), que a las afroperuanas (6.7%) o de origen nativo (5.0%). Estas diferencias pueden estar relacionadas con mayores expectativas salariales o de condiciones laborales entre los primeros grupos, o con la concentración de los segundos en sectores de alta informalidad donde el desempleo abierto es menos común. Lo que queda claro es que las mujeres, independientemente de su origen, enfrentan un mercado laboral más hostil que el de los hombres.

La violencia, un lastre económico silencioso
- El informe Brechas de Género 2025 también cuantifica una realidad que tiene un altísimo costo económico y social: la violencia contra la mujer. En 2024, el 25.5% de las mujeres en edad fértil unidas sufrió violencia física por parte de su pareja en algún momento de su vida.
Las cifras del Ministerio de la Mujer son contundentes: se registraron 168,492 casos de violencia familiar y/o sexual, de los cuales 142,144 víctimas fueron mujeres. Esta violencia no solo afecta la integridad física y mental, sino que mina la capacidad productiva, la asistencia laboral y el potencial de ingresos de las afectadas. Una mujer que sufre violencia tiene más probabilidades de ausentarse del trabajo, de perder su empleo y de ver mermada su productividad, lo que tiene un impacto directo en el PBI.
Los datos desagregados muestran que la violencia física contra la mujer es un fenómeno que cruza todas las edades y niveles socioeconómicos, aunque con matices. Las mujeres separadas o divorciadas son las más afectadas (46.1% han sufrido violencia alguna vez), lo que sugiere que la ruptura de la relación es, en muchos casos, una consecuencia de la violencia y no su fin.
Por nivel educativo, las mujeres con educación superior tienen una tasa de violencia (20.9%)menor que aquellas con menor nivel de instrucción, lo que indica que la educación y la autonomía económica pueden ser factores protectores. Sin embargo, el 20.9% sigue siendo una cifra inaceptablemente alta.
La violencia no solo es física. El 48.4% de las mujeres ha sufrido violencia psicológica o verbal alguna vez por parte de su pareja. Este tipo de violencia, más silenciosa, erosiona la autoestima, la capacidad de tomar decisiones y la salud mental, afectando también el desempeño laboral y la participación económica. Las mujeres con mayor nivel educativo también la padecen (44.3%), lo que demuestra que el empoderamiento económico no es una vacuna contra la violencia de género.
El feminicidio es la manifestación más extrema de esta violencia. Entre 2015 y 2024, se contabilizaron 1,345 víctimas de feminicidio, con una tendencia creciente que alcanzó los 154 casos en 2024. La mayoría de estos crímenes (53.9%) ocurren en la vivienda de la víctima y son perpetrados por la pareja o expareja. Cada uno de estos asesinatos no solo representa una tragedia humana irreparable, sino que también priva a la economía de un miembro activo, afecta a sus familias y comunidades, y envía una señal de que el Estado es incapaz de proteger a la mitad de su población.
Brecha digital y oportunidades perdidas
- La revolución tecnológica también encuentra un piso desigual. Si bien la brecha en el uso de internet se ha reducido (78.1% de mujeres vs. 80.8% de hombres), las diferencias de acceso a planes de datos y dispositivos propios perpetúan la desigualdad.
- En el ámbito rural, donde el acceso es menor, las mujeres dependen más del celular sin plan de datos (69.6% frente a 67.6% de los hombres), limitando sus oportunidades de capacitación, búsqueda de empleo formal o emprendimiento digital. Esta “segunda brecha digital”, la de la calidad del acceso, es crucial: tener internet solo a través de wifi público o datos limitados impide usos más sofisticados y productivos de la tecnología.
- El análisis por grupo de edad revela que la brecha digital de género es casi inexistente entre los jóvenes de 6 a 24 años, donde el acceso a internet es prácticamente universal y paritario. Sin embargo, la brecha se abre a partir de los 25 años y se amplía considerablemente en la población de 60 y más años, donde alcanza los 8.6 puntos porcentuales a favor de los hombres.
Este patrón sugiere que las desigualdades en el acceso a la tecnología se acumulan a lo largo del ciclo de vida y están mediadas por las trayectorias laborales y las responsabilidades de cuidado que las mujeres asumen en la adultez.
- La brecha es aún más pronunciada cuando se cruza con la variable étnica. Las mujeres indígenas usan internet en un 55.5%, frente al 65.9% de los hombres indígenas, una brecha de 10.4 puntos. Esta desigualdad se suma a las múltiples discriminaciones que enfrentan las mujeres rurales e indígenas, limitando aún más sus oportunidades de acceder a información, mercados, servicios financieros digitales y redes de apoyo. Como señala el informe, “las mujeres indígenas que viven en áreas rurales enfrentan las desventajas de la lejanía, la falta de medios de transporte y comunicaciones accesibles”.
- En el ámbito educativo, la paridad en el acceso a internet es prácticamente total en los niveles superiores, pero persiste una brecha de 5 puntos en el nivel primario, donde el 36.3% de las mujeres usa internet frente al 32.1% de los hombres.
- Este dato, aparentemente contradictorio, puede reflejar que las mujeres con menor nivel educativo, a menudo más jóvenes o con hijos, utilizan internet para tareas de apoyo escolar o comunicación, mientras que los hombres de ese mismo nivel pueden tener menos necesidad o interés. Lo relevante es que la tecnología, si no va acompañada de políticas de inclusión, puede terminar reforzando roles de género en lugar de romperlos.
- Los datos del INEI son claros: el actual modelo de desarrollo descansa sobre una asimetría estructural. Mientras las mujeres sigan asumiendo la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado —más del doble que los hombres—, su participación en el mercado laboral formal, sus ingresos y su acceso a la protección social seguirán estando limitados.La doble jornada no es solo un problema de equidad de género; es un freno para la productividad, la formalización y el crecimiento económico del país.
- El desafío para las políticas públicas, como sugieren los informes, es avanzar hacia un sistema de cuidados que permita redistribuir estas tareas y liberar el potencial económico de millones de peruanas.
- Esto implica no solo inversión en infraestructura de cuidado (guarderías, centros de día para adultos mayores), sino también cambios culturales que promuevan la corresponsabilidad en el hogar y reformas laborales que faciliten la conciliación.