EN DEFENSA DEL MEDIO AMBIENTE EN EL PERÚ

Escrito por Cesar Sanchez Martinez. Publicado en Enero 2018

Por Janet Mogollón Pérez*

Desde el siglo pasado, el deterioro del medio ambiente peruano ha sido incalculable y dañino para muchas comunidades rurales, étnicas y hasta urbanas. La destrucción de la naturaleza abarca desde bosques, climas, suelos, aguas, flora, fauna y vida humana. En diversas partes del país se depredan recursos naturales por diferentes motivos. Se busca obtener el máximo beneficio en el corto plazo y no se manejan adecuadamente las herramientas de gestión ambiental.

Paradójicamente, el 80% de del deterioro es ocasionado por empresas, cuyos productos o actividades contaminan directamente los diferentes ecosistemas. El resto es responsabilidad de los pobladores locales, que por subsistencia echan mano de la naturaleza. Son pocas las empresas que desarrollan prácticas de buen gobierno corporativo que incluyen programas de responsabilidad social a favor del medio ambiente y comunidades étnicas y campesinas.

Entre las actividades lesivas a la naturaleza están la deforestación de bosques mediante la tala ilegal, aguas contaminadas por sustancias industriales, tierras agrícolas infectadas por insecticidas, mares con sanguaza, ríos y tierras muertas por relaves mineros, y aires combinados químicos aerosoles. A estos males también hay que agregarle los malos olores y los ruidos molestos. Es la tácita supremacía de la tecnología y el confort sobre la biodiversidad, que incluye los diversos hábitats de flora y fauna.

Ejemplos de males crónicos al medio ambiente están las ciudades y comunidades rurales donde los gases enrarecidos contaminan hasta el 92% del aire con serios perjuicios a la salud humana. Podemos citar a La Oroya, Pisco, Ilo, Toquepala, Cuajone, Huayrisquisca, Yanacocha y Callao, entre otras ciudades contaminadas por efecto de la actividad minera e industrialización de la harina y aceite de pescado.

En muchos casos hay una contradicción y se repite el círculo vicioso. Por un lado, están las nuevas inversiones en actividades extractivas, y por el otro lado, las antiguas industrias petroleras, gasíferas, pesqueras y madereras siguen destruyendo grandes hectáreas de bosques, tierras agrícolas e importantes porciones marinas. Las tierras se quedan sin reforestarse, ocasionando el cambio brusco del hábitat de aves, insectos y animales. La fauna y la flora queda destruida, y muchas especies hidrobiológicas desaparecen. Ello también ocasiona el cambio alimenticio de los nativos de la zona, que en el caso de la selva se ven obligados a consumir recursos lacustres contaminados.

También se contamina el aire por el uso de reactivos químicos y gases para repeler a los insectos, que ocasiona a su vez, la migración de aves, algunas de ellas alimento de otros animales y del hombre mismo. Llegan otros elementos como cemento, plásticos, licores, cigarrillos, detergentes, música y olores, muchos de ellos biodegradables en 100%. Es decir, se transforma la biodiversidad de la zona.

Ante esta realidad, urge que las autoridades exijan a los inversionistas e industriales el uso de tecnologías limpias como ya lo están haciendo algunas grandes empresas mineras e industriales que sí practican la responsabilidad social de la empresa. Las inversiones y el confort son bueno para la sociedad peruana, pero este desarrollo empresarial también debe traer consigo el bienestar social para miles de comunidades campesinas y grupos étnicos. Sólo así será posible disminuir en parte los conocidos enfrentamientos entre comunidades y empresas.

* Consultora del FINANPOS / Instituto de Finanzas Populares y Economía Solidaria.